lunes, 1 de diciembre de 2008


La voz joven y educada del muchacho al otro lado de la línea le hizo preguntarse si ese hábito de la sofisticada comida oriental era una suerte de resto de aquella vieja época en la que creía haber encontrado un mar para el pez desbocado de su inteligencia. ¿De cuántas formas inciertas podría llamar a aquella época? ¿Moderna, cool, la época glamorosa de las fiestas en el centro o en quintas, de la música que no sonaba, o lo hacía poco, en las radios, la época de los lentes novedosos que eran también una droga? En todo caso, más allá de generalidades, había sido la época de la chomba verde loro. Aunque el local donde la compró lo veía desde chico en el barrio, esa remera fue suya de grande y, aunque de chico le habría parecido antigua, como salida de una película argentina de los setenta, esa misma remera con los puños ajustados y las puntas del cuello largas y duras, a sus veinte entrados en los noventa jóvenes, le parecía el puro presente brillante, empapado de un futuro luminoso y prometedor: una fruta verde que no iba a perder su dureza y a su madurez, en la que no estaba contemplada la rotura del tallo ni la caída, sólo iba a agregar el lujo de una jugosidad inagotable. La verdad es que la pregunta de si ese hábito era una resto de aquello quedó sin respuesta, así que mientras esperaba que le trajeran el plato siguió haciendo su trabajo (el haz de láser de la fotocopiadora era del mismo color que la remera y brillaba con la misma fugacidad cegadora, pero de eso no se dio cuenta en el momento). Guiado por los paréntesis en castellano junto a los nombres en japonés, para reforzar lo novedoso había pedido pescado; sin embargo (ni vergüenza, ni temblor), lo había pedido así, como un auténtico nativo de la ignorancia: “sí, qué tal, quiero un kara age de pescado con gohan con furikake y ensalada de hojas”; cuando entraba en exquisito no lo frenaba nada. La comida se la trajo un boliviano sudoroso montado en una bicicleta ajada. Al abrir el paquete, coqueto, sobre la platina de la máquina, la saliva no dejó de segregar ni contenida por el inmenso asombro: ante sus ojos, como si fuera la sorpresa de un origami desplegado, había una milanesa con papa fritas. El “Lotiselía” cortés con que una mujer lo atendió del otro lado de la línea hubiera sido suficiente para hundir el reclamo en el centro de la Tierra, en un punto medio exacto entre su lugar de origen y el de ella; sin embargo, lo completó: “lo que vino no es lo que pedí hace un rato”. La mujer se rió con una risa suave y contestó: “Aunque en letla chica, la respuesta siemple estuvo entle sus dedos, señol. Dice, lea: “menú sujeto a modificaciones sin plevio aviso”. Iba a contestar que “señol las pelotas”, pero la voz suave se anticipó: “Su plato estal muy bueno, señol. Sepa entender” ¿Fue el leve peso impreso sobre el “sepa” o fue la leve presión justa sobre el paladar de la última r bien pronunciada? Nunca iba a saber qué fue, pero, como si un guijarro hubiera pulverizado bloques de montañas, esa pregunta y otras dejaron de importarle. Antes de cortar esa vez, un sudor helado que lo alivió del verano hirviente le cubrió la espalda, sonrió con una serenidad que rizaba mares, deseó a la japonesa un día tan bueno como el que él empezaba a tener y, bocado a bocado, comió con gusto su plato, que realmente estaba muy bien.