martes, 10 de junio de 2008


Dos árboles de espléndida decadencia otoñal: Fresno y Paraíso. Las hojas del primero se encienden de amarillo brillante antes de abandonar las ramas. Las hojas del segundo, una vez caídas, dejan al descubierto los frutos (los famosísimos “venenitos” o “revienta caballos”), que penden de las ramas peladas en forma de racimos duros, también amarillos aunque opacos, de modo que el árbol parece un adornito hecho de alambre y canutillos. El Fresno también se pone lindo en Primavera, cuando las abejas rondan los primeros brotes y los hacen estallar al pararse, vacilantes, sobre ellos (un estallido de nada, claro, para el que hay que estar muy atento); en verano, pobrecito, es un árbol de lo más común, con hojas chicas que pueden describirse así: hoja chica de un árbol de ciudad. Sin embargo, otra cosa a su favor: aunque no lo embellezcan en lo más mínimo, porque cuelgan en racimos áridos y descoloridos, sus frutos secos son como unas lancitas marrones y sirven tanto para arrojarlas a alguien como para arrojarlas al aire y verlas girar como hélices al caer. A través de las estaciones, el esplendor del Paraíso es un tanto más parejo: sus flores violetas y blancas dan olor y sus hojas, más chiquitas que las del fresno, crecen a los lados de unos tallos finitos y largos que, a su vez, también salen a los lados de un tallo finito y largo: el dibujo que hace el contorno de los tallos unidos a las hojas parece el del esqueleto de una hoja más grande, pero de otro árbol. Sus frutos también son arrojadizos y ni que hablar de la efectividad para el daño que se puede lograr si se arrojan con un arma hecha de un rulero de peluquería unido a un globo con la boca cortada: dado con certeza y fuerza, un tiro de dicha arma puede cegar irreparablemente a un contrincante posible. A pesar de todo lo escrito, el árbol de la foto les rompe el culo a las dos especies antes nombradas; baste este comentario: sus hojas se ponen de rojo intenso en Otoño. Sin embargo, no pude averiguar cuál es su nombre exacto: puede ser un Arce falso Plátano, o un Arce Japonicum. En todo caso, se trata de una acerácea, y saber esa filiación (espero que les ocurra lo mismo) ya me tranquliza, al menos, algo.

jueves, 5 de junio de 2008


Los sábados y los domingos, después de despertarnos, nos pasábamos a la cama de los abuelos. La pieza de ellos daba al balcón desde el que se veía, lo único alto en la manzana de enfrente, el campanario de ladrillos de la iglesia. Los domingos íbamos a misa y almorzábamos ravioles: todo el germen de mi originalidad pueden buscarlo ahí. En la cama, con mi abuelo, jugábamos a esto (a lo que quizás jugamos sólo una vez): él, tirado boca arriba, flexionaba las rodillas y yo, sostenido de sus manos al principio, afirmaba mis pies en las rótulas y, soltándome, me quedaba parado haciendo equilibrio sobre ellas. ¿El me decía (o me dijo alguna vez): “haciendo esto podemos trabajar en un circo”? En invierno, la estufa, una Orbis gris con rejas plateadas de las que daban calor en serio, estaba prendida todo el tiempo: ese calor, además de achicharrarnos el culo cuando nos calentábamos a su amor, cocinó, entre otras, esta idea: mi vida futura (mi vida de adulto, digamos) siempre se iba a poder sustentar en habilidades livianas como la que aquel nene desplegaba al afirmar el arco tembloroso de sus pies sobre las rodillas firmes de su abuelo. Con el tiempo iba a poder dedicarme a lo que quisiera, porque nada iba a ser más difícil que aquello, además de que tampoco a nada iba a dedicarle más esfuerzo. El asunto de la hinchazón e inutilidad de mis dones está a un tiro de miga de aquella idea. ¿Nunca me vieron agarrar las cosas al vuelo como si la cosa y mi mano tuvieran un acuerdo previo, o reconocer el título de películas que nunca vi sólo con ver un fotograma? Ni que hablar de cuando saltaba los capots de los autos. Un talento, a todas luces, que nada más esperaba ser descubierto por alguien que se dedicara a cazarlos. (Porque público siempre hubo, aplaudiendo rabioso, implacable, aunque mis habilidades y yo estuviéramos encerrados en un baño) ¿Cuántos años estuvimos sin vernos? A los pocos días de que mi abuelo murió en Gualeguaychú, me tomé casi todas las pastillas que dejó en la mesa de luz (la misma de siempre, con la misma Biblia), un White Horse que encontré en el garage, y clavé su Toyota rojo en un guardarraid de Fray Bentos. Aunque de tirada modesta, ésa fue la única vez que salí en un diario. ¡Pasen y vean al Prodigioso Niño Equilibrista!

domingo, 1 de junio de 2008


- Volvimos en un camioncito frigorífico. Lau y Mica iban en la cabina con el conductor; yo iba en la caja con otros tres hombres: el hijo adolescente y dos amigos del chofer. Durante la estadía en el pueblito apenas nos habíamos visto una vez: ellos eran amigos del padre de la persona que nos había invitado, con quien se habían encontrado para ir a pescar a unos kilómetros de ahí. El padre de nuestra amiga tenía un bar con cancha de bochas, despacho de bebidas y una increíble piecita destinada al juego clandestino. Para ellos, ese lugar fue el punto de encuentro: llenaron el camión con algo de comida y mucha bebida y de ahí se fueron a, entre otras cosas, pasar la noche mirando boyitas en un bote. Para nosotros, ese mismo lugar fue la posada: un bar con algo de comida y mucho de bebidas donde podíamos, entre otras cosas, jugar a las bochas. Cada grupo a su manera, todos la pasamos bien y todos nos emborrachamos.

- Qué lindo lo que me contás.

- Viajar en la caja era raro y parecía un experimento: de golpe, tres personas que no nos conocíamos nos veíamos en la situación de tener que establecer una mínima relación en un lugar en movimiento que, además, ni siquiera tenía ventanillas que permitieran distraerse o comentar el paisaje. La verdad es que no pusimos mucho empeño en el asunto: tirados en el suelo y arrullados por el deslizamiento y los balanceos, no tardamos en dormirnos usando parte de nuestro equipaje como almohada. Sin embargo, cuando me desperté de esa siestita, tras cruzar algunas sonrisas con mis compañeros de viaje, un tema de conversación se me presentó urgente: la vejiga me estaba a punto de explotar. Comenté la situación y la respuesta no se hizo esperar: las tres miradas y algún dedo apuntaron a un balde atado a una de las paredes.

- ¿Incomodidad?

- En ascenso. El experimento mostró su parte áspera, pero no vacilé: me paré, agarré el balde, me bajé los pantalones tratando de no mostrar el culo ni de pensar en las miradas que podía tener fijas en él y puse toda mi concentración al servicio de la tarea.

- ¿Y?

- Nada. Ni una gota. Creo que desde que desde que me planté firme sobre las piernas para frenar los contoneos del camioncito, lo único que conseguí fue pensar las muchas maneras de decir a mis compañeros, sin ruborizarme: “Nada. Ni una gota”

- ¿Pudiste?

- Sí, sin ruborizarme les dije: “Nada. Ni una gota”

- Es algo.

- Pero no es todo. Al rato de dejar el balde (¿qué fue lo que pasó en ese rato?), lo agarró el adolescente. No me acuerdo más que de esto: el chorro sobre el plástico retumbó como un taladro hidráulico en la caja. Era una fuerza de la naturaleza, te juro, una tormenta concentrada, pero sobre todo era, como siempre, la arrogante fuerza de la juventud. No sé si la meada duró kilómetros, pero el chico tuvo tiempo de sonreírme por encima del hombro mientras ese taladro ensordecedor, más que desahogarlo, demolía mi dignidad.

- Qué nos parió. ¿Entonces?

- ¿La rata vieja había caído en la trampa del experimento? Frío como si hubieran activado la refrigeración, miré a los otros en la caja y les dije: “No sé si ustedes pescaron algo para comer, pero parece que su amiguito se trajo de mascota una Tararira viva” Bien usado, el viejo recurso del chiste fácil siempre funciona: todos se rieron.

- ¿Piyaste?

- Recién en casa.

- Me parecía. ¿Queda algo de cola?

- Ni de coca.

- ¿Te sirvo un whisky?

- Gracias. Voy al baño

- El botón no anda, hacé en la pileta.