
Los decodificadores digitales e Internet lo dejaron sin trabajo. Y su trabajo era tan fácil que durante los años que se dedicó a él se olvidó de que había tenido otros, también una vida, aunque ninguno con exigencias mayores. Era una especie de sereno maligno cuya función era quitarle la serenidad a otros: de doce de la noche a seis de la madrugada, era el encargado de girar de un lado a otro la perilla que quitaba la sintonía a los canales codificados para adultos. Era el Amo de las Rayas, el Viejo del Porno: un semidiós al que habían resquebrajado todas las maldiciones de aquellos que, más que fieles a la lujuria, eran, finalmente, sus fieles, los devotos inconfesos de su obra inquieta e inapresable. Su uniforme lo formaban una bata de toalla raída encima de un pijama grasiento, una barba que de tan raleada ya no crecía, unas ojotas con medias que, además de abrigarlo cuando cumplía su sucia función, lo acercaban a los pocos lugares de su cubil: una heladerita en la que se acumulaban bandejas plásticas con restos de alimentos (los porotos con aceite condimentados eran sus favoritos) y cajas de vino blanco dulce, y un baño del que mejor no decir nada. Los momentos en que abandonaba su puesto e iba hacia alguno de esos lugares, arrastrando los pies y volcándose la ceniza que crecía (indolente como él) en su cigarrillo, eran los momentos en que sus seguidores redoblaban sus esfuerzos, solitarios frente a sus televisores (a veces, malgastaban esa oportunidad con comentarios inocentes del tipo: “Parece que esta vuelta el Viejo se copó”); a su vuelta, con un gesto mínimo, causaba una tormenta furiosa, blanca y gris y azul, que desparramaba pedazos de cuerpos por la pantalla. Ahora el lugar de esa obra lo ocupa una placa limpia y con mensaje, triste como un epitafio que no recuerda a nadie. Extrañamos al Viejo que, por supuesto, sí que existió, tan real como una mitología entre amigos.

1 comentario:
cuando era joven había en mi casa una televisión color grundig que mi papá compró de segundamano a una mujer que en su casa tenia un perro san bernardo (me acuerdo que me llamaba la atención que no llevase un barrilito colgado del cogote), unos años después compró una videocasetera marca Hitachi, también usada, creo que al cuñado de un amigo que emigraba a Israel. Fue entonces cuando tuve por primera vez el combo que me llevaría a conocer explícitamente el sexo explícito. Los sábados por la noche solíamos alquilar con mi amigo una serie de películas de acción y de postre una porno, la veíamos juntos y al terminar uno de nosotros se iba al baño unos minutos mientras el otro se hacía la paja con su escena favorita del film para dejarle luego paso al que esperaba. Noches atrás le contaba esta anécdota a Virginia en la cama y ella se escandalizó un poco y se separó de mi refugiándose en el extremo de la cama como si fuese yo un pariente Josef Fritzl, hoy estoy pensando en dejarla-
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