domingo 4 de mayo de 2008


La gata del bar de la esquina es la reina de la cuadra: todos la adoran y ella adora dormir echada sobre los techos o los capots de los autos, que por la zona suelen ser bien caritos. Eso a los propietarios de los autos no les molesta; por el contrario, acostumbran despertarla y hacerla bajar con unas palmaditas suaves acompañadas de palabras cariñosas. En realidad, como siempre, exageré un poco: no todos la adoran ni tampoco todos son tan tiernamente condescendientes con ella. Arturo, un remisero vecino de la cuadra, la detesta, y su odio es tanto que no sé qué freno hizo que todavía no buscara algún modo de envenenarla. Siempre la despertaba con un golpe y le decía cosas feas del tipo: “algún día te voy a llevar colgada del espejito retrovisor, ya vas a ver” o “cómo me gustaría usar ese pellejito para limpiarme el culo”. Aunque tiene ese nombre regio, Arturo parece un bufón: es un gordito con pinta de enano venido a más. Le gusta mucho la bebida y sospechábamos que la cascaba a su mujer, que varias veces aparecía con parte de su cara cubierta por un flequillo apenas más rojo que los moretones que buscaba ocultar (el chiste inevitable era: Arturo le da a la Ginebra). Lo sospechábamos por eso, pero lo confirmamos por esto: una vez que por lo visto había bebido más de la cuenta, vimos, con asombro, cómo Arturo se acercaba, con sigilo animal, a la gata que dormía, muy apacible al sol, sobre el techo de su auto; un poco antes de llegar junto a ella, tomó un pequeño impulso y, dando un salto que no estaba en relación con su naturaleza, le cayó encima y la agarró del cuello. Por suerte, la gata se revolvió con habilidad y, tras rasguñarlo un poco, en lugar de huir se enarcó para hacerle frente. El público de la cuadra estaba congelado, pero ellos volvieron a trenzarse en una batalla que consistía en esto: cada vez que Arturo cazaba al animal, éste lograba zafarse revolviéndose y rasguñándolo con tanta fiereza que su oponente tenía la camisa rasgada llena de sangre. Entonces, sin duda atraída por los gritos y los maullidos, la mujer de Arturo salió a la puerta, donde quedó, como todos, clavada por el pasmo. Pensamos que la cosa había llegado a su fin, pero la señora, tras reprimir un primer paso impulsivo, optó por acercarse lentamente al auto y, puesta a cierta distancia de los contrincantes, con los brazos levantados y los puños crispados, empezó a gritar, con una alegría furiosa como yo nunca había visto: “-¡Gaa-tá, gaa-tá, gaaa-tá!” Finalmente, para que no ocurriera ninguna desgracia, intervinimos y separamos a los luchadores, exhaustos y cubiertos de la sangre de uno de ellos. Esa misma noche la mujer hizo las valijas y abandonó a Arturo, que desde entonces estaciona el auto en otra cuadra.

1 comentarios:

lauri dijo...

ojala que otro "gato" rasguñe a Arturo en sus partes íntimas y además de lartimarlo haga que otro día estacione el auto en otra cuadra: vestido de mujer!
excelente blog
te amo