
Creo que era un coya, un dibujo que había hecho un compañero, lleno de colores, que ocupaba todo el pizarrón. Ferrari, nuestro profesor titular de lengua en sexto grado, me pidió que lo borrara, y lo hice, poniendo empeño, aunque algunas partes, las de las esquinas superiores a las que no llegaba bien, quedaron difuminadas en lugar de eliminadas. Cuando uno borra el pizarrón puede tener las miradas de sus iguales fijas en la espalda: miradas bienhechoras como una palmada o malhechoras como un estiletazo. En aquel entonces, eso (la carga posible de las miradas) no me importaba: yo era “el famoso yo”; es decir, la clase de yo que, cuando es conocido por un forastero, recibe el siguiente comentario: “Así que vos sos el famosos vos”. Una fama de prestigio ínfimo, por supuesto, escolar o doméstica, pero en la que me movía como un pez en la poca pero justa agua de su pecera. Al ver en el pizarrón las manchas difuminadas a que se había reducido el reciente dibujo espléndido, Ferrari dijo: “Qué cosa, usted”, y, como si me evaluara para sus adentros, pero en desilusionada voz alta, remató: “A este alumno siempre la faltan cinco guitas para el peso”. Desde ese día, entonces, inesperado y como si nada, “lo famoso” hizo de “lo incompleto” un compañero para siempre, así que yo ya, además de una historia breve, tenía dos dimensiones (ya verán, porque esto no es todo, con el tiempo, y con una historia más larga, iba a tener cuatro). Inseparables, la idea de la fama no deja de perseguirme y lo incompleto nunca deja que me alcance. Alguien había puesto (pero, ¿quién?) la primera piedra de un castillo y Ferrari puso la segunda, que lo dejo para siempre en ruinas. ¿Cuántos años tenía?: la última vez que oí de Ferrari, me dijeron que había perdido todos los dientes y no había tenido la decencia de (quizás, en realidad, no tenía el dinero para) sustituirlos por otros. No me importa. Siempre me importó. Ya no puede importarme. Desde el día en que aquel comentario salió de su boca, las miradas siempre quisieron decir algo.





