sábado, 24 de mayo de 2008


Creo que era un coya, un dibujo que había hecho un compañero, lleno de colores, que ocupaba todo el pizarrón. Ferrari, nuestro profesor titular de lengua en sexto grado, me pidió que lo borrara, y lo hice, poniendo empeño, aunque algunas partes, las de las esquinas superiores a las que no llegaba bien, quedaron difuminadas en lugar de eliminadas. Cuando uno borra el pizarrón puede tener las miradas de sus iguales fijas en la espalda: miradas bienhechoras como una palmada o malhechoras como un estiletazo. En aquel entonces, eso (la carga posible de las miradas) no me importaba: yo era “el famoso yo”; es decir, la clase de yo que, cuando es conocido por un forastero, recibe el siguiente comentario: “Así que vos sos el famosos vos”. Una fama de prestigio ínfimo, por supuesto, escolar o doméstica, pero en la que me movía como un pez en la poca pero justa agua de su pecera. Al ver en el pizarrón las manchas difuminadas a que se había reducido el reciente dibujo espléndido, Ferrari dijo: “Qué cosa, usted”, y, como si me evaluara para sus adentros, pero en desilusionada voz alta, remató: “A este alumno siempre la faltan cinco guitas para el peso”. Desde ese día, entonces, inesperado y como si nada, “lo famoso” hizo de “lo incompleto” un compañero para siempre, así que yo ya, además de una historia breve, tenía dos dimensiones (ya verán, porque esto no es todo, con el tiempo, y con una historia más larga, iba a tener cuatro). Inseparables, la idea de la fama no deja de perseguirme y lo incompleto nunca deja que me alcance. Alguien había puesto (pero, ¿quién?) la primera piedra de un castillo y Ferrari puso la segunda, que lo dejo para siempre en ruinas. ¿Cuántos años tenía?: la última vez que oí de Ferrari, me dijeron que había perdido todos los dientes y no había tenido la decencia de (quizás, en realidad, no tenía el dinero para) sustituirlos por otros. No me importa. Siempre me importó. Ya no puede importarme. Desde el día en que aquel comentario salió de su boca, las miradas siempre quisieron decir algo.

domingo, 11 de mayo de 2008



La primera vez que fui al psicólogo (la primera de la última ronda, digamos) iba con ropa prestada y barba y sueño de varios días. Estaba sentado frente a él y bostezaba, sin sacar las manos de los bolsillos de la campera, después de haber soltado mi objetivo para la terapia, que era una suerte de slogan con la fuerza de un adhesivo pegado junto al timbre de cualquier colectivo: que mi inteligencia se pusiera a funcionar al nivel que le correspondía. El psicólogo me preguntó si estaba cansado y yo le arrastré, irónicamente, uno de mis “sí” de colección. Cuando fui a la segunda sesión me había afeitado y llevaba un pantalón gris con una camisa blanca debajo de un pullover negro, acompañados de (en aquel entonces) mi inseparable bolsito, también gris, de tela de avión, en el que llevaba cosas imprescindibles: fotocopias, mi eterno cuadernito de notas, algún libro (sin todo eso, tenía el tamaño justo para una botella de Martini seco, otra de gin o vodka, y una longaniza). El psicólogo me dijo: “Qué cambio”; le contesté: “Sí (esto es un regalo para la crítica posible), parezco un vendedor de Biblias. Entre estos polos se mueve mi vida”. Hace unos meses atrás, mientras esperaba que él volviera del kiosco (había ido a comprar, entre un neurótico y otro, una Coca Light y una barrita de cereales), me descubrí, mirándome en los espejos enfrentados del hall, unas cuantas canas duras en la barba negra y cerrada. Pensé: “Tengo canas en la barba y hace años que vengo dándole vueltas a las mismas boludeces”. Al rato, una vez en el consultorio, me tiré en el diván y él, sentado a mis espaldas, dijo: “Empecemos a laburar”. ¿Esperaban algo más? Cuando espero mi turno, a veces mucho tiempo, me siento en ese escalón y miro esas baldosas.

martes, 6 de mayo de 2008


Esa semana se agregaron dos noticias a las regulares de los noticieros durante ese año (aumentos en todo, tráfico imposible): la de que la ciudad estaba llena de humo porque a muchos kilómetros se estaban incendiando muchas hectáreas de pastizales y la de que el hundimiento de un barco petrolero había dejado una mancha gigante que le hacía la vida difícil a unos cuantos pobres pingüinos. La primera daba la sensación de vivir en un cuartito y no en la capital inmensa de un país grande: si yo hago un asado en el patio se me llena de humo el comedor, pero si el asado lo hacen a dos cuadras no me doy ni cuenta. La segunda, sumada a las otras tres, daba la sensación de que en cualquier momento alguien iba a golpear la puerta de ese cuartito para anunciar, cuando se le preguntaba qué deseaba, que listo, que se había acabado todo, que podíamos retirarnos. Un día de esa semana en el noticiero matutino pasaban una nota sobre un grupo de voluntarios que había viajado hasta el lugar de la mancha para despetrolar pingüinos. Era una nota sobre el heroísmo, por supuesto, y la entonación y los comentarios del corresponsal, igual que las tomas de los camarógrafos y la densa música de fondo, cargaban las tintas sobre ese aspecto, pero también sobre lo patético de la situación. En un momento, toda esa batería informativa se centró en la persecución de un pingüino por uno de los voluntarios; el animal corría, brillante y ennegrecido, a través de una playa en la que el viento zumbaba con fuerza en los micrófonos. La cosa tenía su tensión y yo la miraba, parado frente a la tele, sosteniendo una taza de café con leche. Cuando finalmente el voluntario cazó al pingüino, éste giró y le asestó una serie de picotazos en la mano. Por lo visto, los picotazos fueron tan fuertes y certeros que la respuesta del voluntario no se hizo esperar: agarrando al pingüino del cogote, se lo puso entre las piernas y le empezó a dar una andanada de bofetadas, también muy fuertes y certeras, acompañadas de insultos (“la concha de tu madre, pingüino del orto, tomá”). Cuando entré al baño para ver si con un poco de jabón en la punta de la toalla podía sacarme las manchas de café sobre la remera, desde la ducha Lau me preguntó de qué carajo me reía tanto. Vamos a un corte.

lunes, 5 de mayo de 2008

El veterinario tenía la voz finita y metalizada y no salía de su asombro; todo el tiempo que duró la consulta, aunque espaciadamente, repitió: “¿un sólo gato?”. Y sí: Tere, madre primeriza inseminada por proveedor de esperma desconocido, había tenido un sólo gato, contrariando lo esperado para su prolífica especie. El azorado veterinario recomendó hacer una radiografía para verificar que se trataba de uno solo y también para controlar que no hubiera quedado algún feto muerto, lo que traería complicaciones; el golpe de radiación era mínimo y no le iba a hacer ningún daño a la gata, dijo. Al día siguiente un equipo de radiología vino a casa e hizo lo suyo: efectivamente, se trataba de un solo gato, rubio y sano, que se prendía de lo más bien a la teta (Coco: el ojo en otra foto). Eso resolvía un problema: no iba a haber necesidad de ubicar a los gatitos, porque uno más podía quedarse en casa; así que, entre animales y humanos, pasábamos a ser cinco: estábamos muy contentos. Pero pasó esto: al día siguiente del estudio radiológico Lau me llamó al trabajo para decirme que teníamos otro gatito. Entonces, el asombrado fui yo: ¿Tere había parido otra cría dos días después de la primera, contradiciendo, además, una placa que decía que ya no quedaba nada más para parir? No: la madre de una compañera de Mica había traído una gatita a cuya madre había atropellado un auto. Cuando se la acercaron a Tere fue como si nada: la agarró del cogote, le pegó unas lamidas y la puso a una de las muchas tetas llenas que le sobraban. Un par de gestos me convencieron de que tampoco había que ubicar a esa cría en otra casa. Mica cuenta esta historia cada vez que en el colegio la apuran para que redacte algo: es, digamos, su gatito de batalla.

domingo, 4 de mayo de 2008


La gata del bar de la esquina es la reina de la cuadra: todos la adoran y ella adora dormir echada sobre los techos o los capots de los autos, que por la zona suelen ser bien caritos. Eso a los propietarios de los autos no les molesta; por el contrario, acostumbran despertarla y hacerla bajar con unas palmaditas suaves acompañadas de palabras cariñosas. En realidad, como siempre, exageré un poco: no todos la adoran ni tampoco todos son tan tiernamente condescendientes con ella. Arturo, un remisero vecino de la cuadra, la detesta, y su odio es tanto que no sé qué freno hizo que todavía no buscara algún modo de envenenarla. Siempre la despertaba con un golpe y le decía cosas feas del tipo: “algún día te voy a llevar colgada del espejito retrovisor, ya vas a ver” o “cómo me gustaría usar ese pellejito para limpiarme el culo”. Aunque tiene ese nombre regio, Arturo parece un bufón: es un gordito con pinta de enano venido a más. Le gusta mucho la bebida y sospechábamos que la cascaba a su mujer, que varias veces aparecía con parte de su cara cubierta por un flequillo apenas más rojo que los moretones que buscaba ocultar (el chiste inevitable era: Arturo le da a la Ginebra). Lo sospechábamos por eso, pero lo confirmamos por esto: una vez que por lo visto había bebido más de la cuenta, vimos, con asombro, cómo Arturo se acercaba, con sigilo animal, a la gata que dormía, muy apacible al sol, sobre el techo de su auto; un poco antes de llegar junto a ella, tomó un pequeño impulso y, dando un salto que no estaba en relación con su naturaleza, le cayó encima y la agarró del cuello. Por suerte, la gata se revolvió con habilidad y, tras rasguñarlo un poco, en lugar de huir se enarcó para hacerle frente. El público de la cuadra estaba congelado, pero ellos volvieron a trenzarse en una batalla que consistía en esto: cada vez que Arturo cazaba al animal, éste lograba zafarse revolviéndose y rasguñándolo con tanta fiereza que su oponente tenía la camisa rasgada llena de sangre. Entonces, sin duda atraída por los gritos y los maullidos, la mujer de Arturo salió a la puerta, donde quedó, como todos, clavada por el pasmo. Pensamos que la cosa había llegado a su fin, pero la señora, tras reprimir un primer paso impulsivo, optó por acercarse lentamente al auto y, puesta a cierta distancia de los contrincantes, con los brazos levantados y los puños crispados, empezó a gritar, con una alegría furiosa como yo nunca había visto: “-¡Gaa-tá, gaa-tá, gaaa-tá!” Finalmente, para que no ocurriera ninguna desgracia, intervinimos y separamos a los luchadores, exhaustos y cubiertos de la sangre de uno de ellos. Esa misma noche la mujer hizo las valijas y abandonó a Arturo, que desde entonces estaciona el auto en otra cuadra.

jueves, 1 de mayo de 2008

Los decodificadores digitales e Internet lo dejaron sin trabajo. Y su trabajo era tan fácil que durante los años que se dedicó a él se olvidó de que había tenido otros, también una vida, aunque ninguno con exigencias mayores. Era una especie de sereno maligno cuya función era quitarle la serenidad a otros: de doce de la noche a seis de la madrugada, era el encargado de girar de un lado a otro la perilla que quitaba la sintonía a los canales codificados para adultos. Era el Amo de las Rayas, el Viejo del Porno: un semidiós al que habían resquebrajado todas las maldiciones de aquellos que, más que fieles a la lujuria, eran, finalmente, sus fieles, los devotos inconfesos de su obra inquieta e inapresable. Su uniforme lo formaban una bata de toalla raída encima de un pijama grasiento, una barba que de tan raleada ya no crecía, unas ojotas con medias que, además de abrigarlo cuando cumplía su sucia función, lo acercaban a los pocos lugares de su cubil: una heladerita en la que se acumulaban bandejas plásticas con restos de alimentos (los porotos con aceite condimentados eran sus favoritos) y cajas de vino blanco dulce, y un baño del que mejor no decir nada. Los momentos en que abandonaba su puesto e iba hacia alguno de esos lugares, arrastrando los pies y volcándose la ceniza que crecía (indolente como él) en su cigarrillo, eran los momentos en que sus seguidores redoblaban sus esfuerzos, solitarios frente a sus televisores (a veces, malgastaban esa oportunidad con comentarios inocentes del tipo: “Parece que esta vuelta el Viejo se copó”); a su vuelta, con un gesto mínimo, causaba una tormenta furiosa, blanca y gris y azul, que desparramaba pedazos de cuerpos por la pantalla. Ahora el lugar de esa obra lo ocupa una placa limpia y con mensaje, triste como un epitafio que no recuerda a nadie. Extrañamos al Viejo que, por supuesto, que existió, tan real como una mitología entre amigos.