martes, 22 de abril de 2008



Una vez, Diego me había contado lo mucho que le gustaba acostarse en la hamaca paraguaya debajo de uno de los Tilos que había en la quinta de sus amigos, y al contármelo había hecho con los brazos un gesto amplio que describía la grandeza y la forma hueca que tenía ese follaje; al contarlo era un hombre fascinado por ese árbol, por esa tranquilidad. No sé cuanto tiempo después, una mañana ya bastante entrada tras una noche sin dormir, decidimos hacer una excursión delirante, hacia Almagro desde mi departamento en Caballito, en busca de lo que ya se nos había acabado, como siempre pasa (“todo dura nada”, hubiera dicho Quechu). No era un viaje largo, por cierto, pero la idea era hacerlo caminando, porque teníamos energía y tiempo de sobra. Esa era la época en que yo empezaba a reconocer los Tilos. A poco de haber empezado la caminata, a una cuadra de casa vimos, en la calle a la entrada de una casa, un Tilo joven. Como estaba con un experto en la materia, no hice el comentario de rigor (“Mirá qué lindo Tilito”), sino que, con la timidez propia de un discípulo frente a su maestro, dije: “Mirá que lindo arbolito. Es un Tilo, ¿no?”. La respuesta no se hizo esperar: encogiéndose notoriamente de hombros y frunciendo los labios, el maestro dijo. “Y yo qué mierda sé. No tengo idea”. Vagamente, ahora creo recordar que durante las siguientes cuadras mantuvimos una discusión en la cual mi único objetivo era hacerle entender que él sabía que ése era un Tilo, pero no sé si conseguí hacerlo (aunque creo que otro día se acordó). Cuando llegamos a destino tuvimos que esperar al puntero y en la espera, además de tomarnos unas cuantas latas, nos dormimos en el umbral de una casa.

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