
Tere empezó el trabajo de parto, más o menos, a las ocho de la mañana, cuando Lau y yo nos preparábamos para ir al trabajo y Mica al jardín; así que ese día llamé y dije que no iba porque mi gata estaba por parir, y me quedé en casa con Silvina, mi cuñada, que en aquel entonces cuidaba a Mica. Para parir, Tere eligió el más bajo de los estantes del placard junto a la cama, y yo me senté en el piso a mirarla. Al rato me di cuenta de que no iba poder hacer otra cosa: cada vez que iba a la cocina o al baño, Tere venía atrás mío maullándome y no volvía a su lugar hasta que yo no iba con ella. Era increíble, pero la gata me quería a su lado. Me acuerdo perfecto de eso y de que estaba inquieta, aunque no puedo recordar cuáles eran las marcas exactas de esa inquietud. Pasaron muchas horas así, sin que llegaran los gatitos. Finalmente, al mediodía, la inquietud creció y Tere, en la misma posición que usa para cagar, empezó a pujar: se notaba que hacía mucha fuerza y en un momento salió así del placard, caminó hasta el pote de comida para mordisquear unas piedritas y volvió en la misma posición. Tras unas cuantas pujadas, el primer gato salió de un tirón, envuelto en la placenta: parecía un pedazo de bracito de bebé, húmedo. Silvina, que estaba tirada boca abajo en la cama, me apretó con fuerza el brazo. El primer gatito estaba ahí y Tere, agitada, lo lamía con cuidado. Esperé un rato, pero, como no venían otras crías, decidí ir al trabajo después de tomarme algunos vasitos de whisky. Estaba muy emocionado y pensaba muchas cosas, todas trascendentes y comunes. Siempre quise escribir esto: camino al trabajo, un grupo había escrito su nombre en muchas paredes; se llamaba “Ser más humanos”, y era una banda de música punk.

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