
No sé cómo se llama la película y tampoco la vi entera, pero sé que en ella Al Pacino es un policía que tiene problemas con la bebida, en el sentido que se copa cuando empieza y después no puede parar: el famoso problema del calentamiento de pico. Pero lo que nunca me pude olvidar y quedó en mí como un comportamiento adoptado es la forma en que su gordo compañero bebe, acodado en la barra del pub: acompaña cada trago amplio de cerveza con un trago corto de whisky, y lo hace de forma tal que dan ganas no sólo de acompañarlo, sino también de incentivarlo. Para colmo, con el tiempo llegué a tener esos vasos que aparecen en la foto y que se parecen tanto entre sí. El chiste que hago siempre es que el grande “tuvo familia”. Últimamente empiezo a tomar cerveza tarde, cuando los chicos ya están dormidos, mientras fumo mi pipa patriarcal y me quedo boludeando en la compu o leyendo. Cuando la cerveza se acaba, o un poco antes, paso a la ginebra. Entonces, cuando la yunta brava se encuentra, sobreviene el calentamiento de pico: la idea de deleite desaparece, o adopta la forma del rayo, y un vasito sigue a otro, como si los ansiosos fueran ellos. Con el último me voy a la cama o, a veces, recién acostado salgo de ella para encontrarme, finalmente, con el último. La loca teoría que avala el asunto es que la borrachera (su “pico plasmático”) me llega mientras estoy dormido y ahí mismo se diluye, lo que me permitirá despertarme sin problemas. Pero soy un científico con pies de barro: a las tres horas de acostarme me levanto con la vejiga a punto de estallar y los pocos pasos que hay hasta el baño los doy con una pesadez tan grande que ni un levantador de pesas olímpico toleraría. Pero todavía me resisto a piyar sentado.

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