martes, 22 de abril de 2008


Las hojas del tilo son anchas y de un verde transparente, lo que permite que su follaje, que normalmente se ahueca en el centro, de, a la vez, sombra y resplandor. Conozco una persona que le puso Tilo a su hijo; sé que la infusión que se hace con su flor tiene propiedades relajantes; leí un poeta alemán de la Edad Media que se echaba debajo de la sombra de los Tilos para pensar en su amada (el poeta también hablaba del canto de los grajos, pero no sé cómo carajo es un grajo). De los árboles que hay en la ciudad, el Tilo es el que desprende el aroma más intenso, un aroma pesado y dulce al que da gusto oler en verano, cuando las flores cuelgan como campanitas blancas de las ramas. Los Paraísos también despiden olor, pero no me gusta tanto. Las ramas del Tilo no sólo nacen a cierta altura del tronco, sino que también lo hacen desde la base, aunque son siempre ramas tiernas, carentes de la firmeza de la madera. Una vez corté una de estas ramas de la base y la puse en un vaso con agua, pensando que de este modo iba a dar raíz, permitiéndome tener un pequeño Tilo. Mustio al principio, puesto en agua el tallo no tardó casi nada en recuperar su firmeza original. Ese primer resultado me hizo sentir que estaba en condiciones de ser el Presidente del Jardín Botánico, y no me costó nada imaginar mi futura mansión rodeada de la sombra fresca y resplandeciente de innúmeros Tilos, todos progenie del primero. Al día siguiente, el tallo colgaba del borde del vaso de agua, dando claras muestras de que su flacidez era imposible de remontar; por lo visto, el sistema que me había servido para reproducir varias plantas, no funcionaba con los árboles, al menos con ése. En esa época vivía solo, así que seguro me emborraché.

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