lunes, 21 de abril de 2008

Esta es la primera de las fotos que saqué con el celular. Es Lau un lunes en el auto de Guillermo, uno de los tantos días que nos lleva al trabajo. Hacía unos días se había cortado el pelo y le había quedado hermoso. Esto me llamó la atención: yo no quería que se lo cortara e inmediatamente después de hacerlo me resultaba muy sexy, de nuevo con flequillo y con los ojos delineados como cuando nos conocimos, pero más (¡voy a decirlo!) mujer, o, todavía mejor, más (¡esto también voy a decirlo!) mi mujer. Uno de los problemas de la rutina, se me ocurre ahora, es que su natural deterioro tiende a normalizarse con facilidad, de forma que el irremediable descuido se transforma en rutina (lo que podría no estar en su origen) y uno se acostumbra a eso. Y este mínimo cambio tuvo una consecuencia que, por supuesto, no fue despampanante, pero, sí señor, estuvo muy bien: nos calentamos más, cogimos mejor. En la foto Lau tiene el flequillo recogido con horquillas, porque todavía no se acostumbraba a él, a pesar de que yo, que había sido su principal detractor (“el flequillo es para pendejas”), me transformé en su principal aliado (“te queda bárbaro”). Además tiene el gesto algo duro, propio de las mañanas camino al trabajo después de haber salido apurados de casa, pero el gesto siempre se ablanda cuando hago algún chiste boludo, o cuando nos damos un beso al despedirnos. La M que se refleja a su derecha es la M de Micaela o de Manu, los nombres de los chicos que Guillermo se hizo pegar con vinilo en luneta del cascado 147; en todo caso, es la M de Mica y de Manu y de Moure Simil.

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