martes, 22 de abril de 2008


Cuando Manu llegó a casa por la noche, después de su primera y agotadora semana en Neo, vino toda la familia de visita. Además de nosotros, estaban Isabel y Guillermo, Eugenia y Fredi, Ani y Papá, Mamá y Silvina. Manu era mini y todos querían tenerlo en brazos, sobre todo Mica, que apelaba al recurso de encapricharse cuando no lo lograba, y lo logró poco, de modo que estuvo encaprichada casi todo el tiempo. Lau y yo estábamos agotados: durante toda la semana íbamos a primera hora a Neo y nos quedábamos hasta que nos dejaban, a las seis de la tarde. Manu estaba siempre en la incubadora y lo tocábamos a través de unas claraboyas que tenía el aparato. Había nenes que estaban desde hacía meses. Un día Lau fue sola por la mañana y lo sacaron de la incubadora y se lo puso en la teta y el nene se prendió con ganas. Ese día lo pudimos tener en brazos por primera vez; estuvo bueno. Papá nos trajo hasta casa y en la puerta nos esperaban Isabel, Guillermo y Mica, que estaba loca por conocer a su hermano. Cuando llegamos, Mica rebotaba en dos patas, sin flexionar las rodillas; Isabel lloraba. Desde que llegó, Mamá dijo que Manu era igual a Guillermo; como todos, estaba excitada, pero su excitación adoptó esa forma especial: nunca paró de repetir que Manuel era igual a Guillermo, con variaciones mínimas. Yo me dediqué, con ayuda de Fredi, a armar un radiador que nos habían regalado: ese artefacto fue como un madero en medio de una tormenta en alta mar. Después se fueron todos y quedamos nosotros: Lau, Mica, Manu, yo. Pedimos una pizza y brindamos: brindamos porque a partir de ese momento éramos cuatro y también brindamos para que todas las cosas salieran bien.

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