Cualquier domingo por la mañana unas sacudidas te devuelven a la vigilia, pero lo hacen con una suavidad tal que en lugar de molestarte te permiten disfrutar la somnolencia, el hecho de estar en la cama en el momento en que te parece el único lugar en el que deseas estar para siempre: mullido, tibio y silencioso, mientras los movimientos familiares te despiertan y a la vez te arrullan, como si amasaran una torta de placer de la cual sos el ingrediente principal y el ingrediente secreto. Estás boca abajo y apenas despegás los ojos para ver como la luz que llena el cuarto se refleja tersa en la almohada a la que estás abrazado. Los volvés a cerrar y entonces advertís el aroma que llega desde algún lugar cercano a tus espaldas: café con leche y tostadas. Te derretís como la manteca untada y sonreís: no te hace falta el diario porque ése es un día que comienza nada más que con buenas noticias. Es como si de golpe el mundo estuviera hecho sólo de cuidados y de buen trato: quien te despierta se echa en la cama a tu lado y podés sentir cómo la liviandad de ese cuerpo se curva acercándose despacio a tu nuca para besarla sin decir una palabra, hablando ese lenguaje perfecto de gestos y de roces. Y vos, que también querés besar para agradecer con todo cada detalle del bienestar, girás. Entonces, al abrir los ojos, ansioso por ver la cara amada como si volvieras de un largo viaje, ves cómo en lugar de ésa es ésta la que te mira.

No mueve los labios, no podés saber de dónde proviene la voz que te dice: “Buen día, mi amor”.

1 comentario:
Me gusta, Santiago, el pensamiento de lo que escribís. Las palabras, el ritmo, hasta las sonidos, se parecen a vos y eso es lo que me gusta, reconocerte en las palabras, las tuyas.
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