
Caminábamos por la Plaza Sarmiento, en Liniers, separados por un rato de una de las fiestas largas de La Cueva (de las que empezaban al mediodía y terminaban a la mañana del día siguiente, tras un sueño que era un trampolín para volver a empezar, como si nada). La Cueva o la Mansión de los Pinos: nuestro primer centro de disipación integral y festiva, nuestro primer laboratorio. Teníamos el pelo largo y andábamos por la plaza con unos vasitos de vidrio llenos de vino. Me acuerdo muy bien: ese día habíamos tomado cerveza, vino y tequila, además de lo que habíamos fumado y de lo que más tarde íbamos a ir a buscar a Soldati en la moto de Pino; también habíamos alquilado Tiempos Violentos y una porno con Sarah Young. Tomábamos todo en cantidad y todo se contaminaba (en ese momento no lo dudábamos) de nuestra clase. Éramos unos Duques en un mundo de Larvas, éramos el decoro y la decencia, la cresta de la ola y la ola misma en la que íbamos montados siempre rumbo hacia lo mismo: la vacación permanente. No me acuerdo de qué hablábamos, pero seguro que era de esto: de nosotros mismos, que estábamos irremediablemente condenados a la fama. Sí me acuerdo que, de golpe, dije: “¡mirá que es lindo el verde cuando estás drogado!”. ¿Cuánto tiempo fue que nos reímos con esa frase, que la usamos y usamos, hasta que la fiesta terminó y terminamos tomándonos los culitos de todos los vasos, inhalando agua para limpiar los tubitos cortados de las Bic y vaciando las botellas llenas de meo que se acumulaban en los placares y debajo de la cama? No sé, pero esa frase sigue resplandeciente como aquel día que fue dicha en la única, en la gran época de esplendor insostenible.
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