
Estaba en el jardín y el acto era por el Día de

Estaba en el jardín y el acto era por el Día de

- En el equipo que jugaba antes eran todos un desastre: nadie tenía idea de nada, no corrían, pero todos daban órdenes. Así que decidí dejar el fútbol y les mandé un mail general explicando los motivos. Nadie me contestó. Mi retirada no duró nada: a la semana me propusieron jugar en otro equipo, también los domingos. En éste es todo distinto: son todos pendejos que no paran de correr de un lado a otro durante todo el partido. Ahora el problema es en los vestuarios. Tienen un estado físico impresionante: son todos pijudos. Me duché una vez, pero ya no me ducho más. Termina el partido y digo: “Hasta la próxima, chicos”, y me vuelvo a casa todo chivado. Yo me pregunto: “¿soy el único que la tiene chica?”
- No, la mía es más chica.
- Además, la tienen todos medio al palo todo el tiempo.
- Es la fuerza de la juventud. Seguro que te dan ganas de chuparlas.
- Y..., te digo que no sé.
- Te vas a tener que duchar en calzones. O con malla.
- Sí, un desastre: todos desnudos y yo teniendo que meter la mano en el calzón para restregarme las bolas.
- Y el culo.
- Qué porquería.
- Sí.
- Voy a dejar el fútbol de nuevo. Lo mejor va ser que salga a correr, y listo.
- Sí, va a ser lo mejor. ¿Vamos a comprar otra cerveza?
- Dale, pero al trote.

Como cualquier hombre estrictamente de ciudad, creo que los únicos árboles que reconocí durante años (sin contar la inmensa e indiferenciada familia de “los Pinos”, por supuesto) fueron los Paraísos y los Plátanos, aun confundiéndolos. Ya de grande (bastante grande) comencé a reconocer los Tilos. Y los árboles, todos los árboles, siempre me gustaron mucho. No sé quién me dijo por primera vez “éste es un tilo”, pero, durante un tiempo que no debe haber sido corto, cada vez que pasaba junto a uno de ellos, decía a mi acompañante: “éste es un Tilo” o “mirá qué Tilo”, como si fuera un experto en el asunto (un tilólogo) o un fan (un tilomaníaco). Con el tiempo pude reconocer más árboles, casi todos urbanos: fresnos, álamos, arces, moreros, sauces, paltas (créase o no, en Buenos Aires hay muchas –tan caras que las venden los verduleros), tipas, y uno o dos (quizás cuatro) más. A los ojos de muchos, lo que me ha llenado en ocasiones de un orgullo intensamente tibio, ese conocimiento me transforma en un hombre del bosque o de la selva, en Cocodrilo Dundee o en el Señor Frodo. De mi vasta experiencia en la materia, entonces, puedo compartir la siguiente conclusión: el follaje del tilo produce una sombra tal que la luz no sólo se cuela por entre sus hojas sino que, también, lo hace a través de ellas, dando, a la vez, sombra y resplandor, un resplandor verde y claro que no va en desmedro de la frescura de la sombra. Esta foto la saqué uno de los tantos días que durante el verano salía a dar un paseo, después del almuerzo, con Manu en el cochecito para que se durmiera.

Desde la adolescencia pienso que hay ropa que hace que quien la lleve parezca un acorazado, como si la ropa lo llenara de fuerza y de liviandad a la vez o como si fuera un hogar en el que pudiera moverse con aplomo y plenitud, llevándose el mundo por delante sin pensar que, en realidad, el mundo puede comérselo entero y crudo, como a cualquiera, sin gastarse ni siquiera en escupir los huesos. Es el uniforme para la vida en general y también el uniforme de batalla con el que uno puede dormir y saltar fuera de la trinchera, indistintamente. Con esa ropa no importa el número de miradas que se echen sobre uno ni el grado de voracidad y malicia o bondad que lleven, porque uno las tritura y, sin necesidad de digerirlas, las olvida o, en caso de desearlo, las conquista. Siempre deberíamos andar con esa ropa, por más poderoso que sea el peso de las convenciones, y todo andaría mejor: no nos importaría hacer el más mínimo comentario acerca de los otros porque estaríamos íntegramente convencidos de nosotros mismos. Cuando saqué la foto no lo podía creer: tenía la impresión de haber cazado al único fan hombre en el mundo de Enrique Iglesias, o, al menos, al único fan de Enrique Iglesias capaz de divulgar su afición de una manera tan contundente. El muchacho caminaba de forma algo desmañada, pero firme, y daba la impresión de ir hacia algún lugar de diversión. Y es muy posible que sus amigos hicieran comentarios tan crueles acerca de su campera como los que hicieron los míos cuando les mostré la foto. La verdad es que no sé en qué momento me di cuenta: ni mis comentarios ni los de nadie le iban a importar nada. Porque él iba acorazado. Y no puedo más que ponerme los joggings para brindar por la salud de su estilo.

No sé cómo se llama la película y tampoco la vi entera, pero sé que en ella Al Pacino es un policía que tiene problemas con la bebida, en el sentido que se copa cuando empieza y después no puede parar: el famoso problema del calentamiento de pico. Pero lo que nunca me pude olvidar y quedó en mí como un comportamiento adoptado es la forma en que su gordo compañero bebe, acodado en la barra del pub: acompaña cada trago amplio de cerveza con un trago corto de whisky, y lo hace de forma tal que dan ganas no sólo de acompañarlo, sino también de incentivarlo. Para colmo, con el tiempo llegué a tener esos vasos que aparecen en la foto y que se parecen tanto entre sí. El chiste que hago siempre es que el grande “tuvo familia”. Últimamente empiezo a tomar cerveza tarde, cuando los chicos ya están dormidos, mientras fumo mi pipa patriarcal y me quedo boludeando en la compu o leyendo. Cuando la cerveza se acaba, o un poco antes, paso a la ginebra. Entonces, cuando la yunta brava se encuentra, sobreviene el calentamiento de pico: la idea de deleite desaparece, o adopta la forma del rayo, y un vasito sigue a otro, como si los ansiosos fueran ellos. Con el último me voy a la cama o, a veces, recién acostado salgo de ella para encontrarme, finalmente, con el último. La loca teoría que avala el asunto es que la borrachera (su “pico plasmático”) me llega mientras estoy dormido y ahí mismo se diluye, lo que me permitirá despertarme sin problemas. Pero soy un científico con pies de barro: a las tres horas de acostarme me levanto con la vejiga a punto de estallar y los pocos pasos que hay hasta el baño los doy con una pesadez tan grande que ni un levantador de pesas olímpico toleraría. Pero todavía me resisto a piyar sentado.

Tere empezó el trabajo de parto, más o menos, a las ocho de la mañana, cuando Lau y yo nos preparábamos para ir al trabajo y Mica al jardín; así que ese día llamé y dije que no iba porque mi gata estaba por parir, y me quedé en casa con Silvina, mi cuñada, que en aquel entonces cuidaba a Mica. Para parir, Tere eligió el más bajo de los estantes del placard junto a la cama, y yo me senté en el piso a mirarla. Al rato me di cuenta de que no iba poder hacer otra cosa: cada vez que iba a la cocina o al baño, Tere venía atrás mío maullándome y no volvía a su lugar hasta que yo no iba con ella. Era increíble, pero la gata me quería a su lado. Me acuerdo perfecto de eso y de que estaba inquieta, aunque no puedo recordar cuáles eran las marcas exactas de esa inquietud. Pasaron muchas horas así, sin que llegaran los gatitos. Finalmente, al mediodía, la inquietud creció y Tere, en la misma posición que usa para cagar, empezó a pujar: se notaba que hacía mucha fuerza y en un momento salió así del placard, caminó hasta el pote de comida para mordisquear unas piedritas y volvió en la misma posición. Tras unas cuantas pujadas, el primer gato salió de un tirón, envuelto en la placenta: parecía un pedazo de bracito de bebé, húmedo. Silvina, que estaba tirada boca abajo en la cama, me apretó con fuerza el brazo. El primer gatito estaba ahí y Tere, agitada, lo lamía con cuidado. Esperé un rato, pero, como no venían otras crías, decidí ir al trabajo después de tomarme algunos vasitos de whisky. Estaba muy emocionado y pensaba muchas cosas, todas trascendentes y comunes. Siempre quise escribir esto: camino al trabajo, un grupo había escrito su nombre en muchas paredes; se llamaba “Ser más humanos”, y era una banda de música punk.

Cuando Manu llegó a casa por la noche, después de su primera y agotadora semana en Neo, vino toda la familia de visita. Además de nosotros, estaban Isabel y Guillermo, Eugenia y Fredi, Ani y Papá, Mamá y Silvina. Manu era mini y todos querían tenerlo en brazos, sobre todo Mica, que apelaba al recurso de encapricharse cuando no lo lograba, y lo logró poco, de modo que estuvo encaprichada casi todo el tiempo. Lau y yo estábamos agotados: durante toda la semana íbamos a primera hora a Neo y nos quedábamos hasta que nos dejaban, a las seis de la tarde. Manu estaba siempre en la incubadora y lo tocábamos a través de unas claraboyas que tenía el aparato. Había nenes que estaban desde hacía meses. Un día Lau fue sola por la mañana y lo sacaron de la incubadora y se lo puso en la teta y el nene se prendió con ganas. Ese día lo pudimos tener en brazos por primera vez; estuvo bueno. Papá nos trajo hasta casa y en la puerta nos esperaban Isabel, Guillermo y Mica, que estaba loca por conocer a su hermano. Cuando llegamos, Mica rebotaba en dos patas, sin flexionar las rodillas; Isabel lloraba. Desde que llegó, Mamá dijo que Manu era igual a Guillermo; como todos, estaba excitada, pero su excitación adoptó esa forma especial: nunca paró de repetir que Manuel era igual a Guillermo, con variaciones mínimas. Yo me dediqué, con ayuda de Fredi, a armar un radiador que nos habían regalado: ese artefacto fue como un madero en medio de una tormenta en alta mar. Después se fueron todos y quedamos nosotros: Lau, Mica, Manu, yo. Pedimos una pizza y brindamos: brindamos porque a partir de ese momento éramos cuatro y también brindamos para que todas las cosas salieran bien.
Cualquier domingo por la mañana unas sacudidas te devuelven a la vigilia, pero lo hacen con una suavidad tal que en lugar de molestarte te permiten disfrutar la somnolencia, el hecho de estar en la cama en el momento en que te parece el único lugar en el que deseas estar para siempre: mullido, tibio y silencioso, mientras los movimientos familiares te despiertan y a la vez te arrullan, como si amasaran una torta de placer de la cual sos el ingrediente principal y el ingrediente secreto. Estás boca abajo y apenas despegás los ojos para ver como la luz que llena el cuarto se refleja tersa en la almohada a la que estás abrazado. Los volvés a cerrar y entonces advertís el aroma que llega desde algún lugar cercano a tus espaldas: café con leche y tostadas. Te derretís como la manteca untada y sonreís: no te hace falta el diario porque ése es un día que comienza nada más que con buenas noticias. Es como si de golpe el mundo estuviera hecho sólo de cuidados y de buen trato: quien te despierta se echa en la cama a tu lado y podés sentir cómo la liviandad de ese cuerpo se curva acercándose despacio a tu nuca para besarla sin decir una palabra, hablando ese lenguaje perfecto de gestos y de roces. Y vos, que también querés besar para agradecer con todo cada detalle del bienestar, girás. Entonces, al abrir los ojos, ansioso por ver la cara amada como si volvieras de un largo viaje, ves cómo en lugar de ésa es ésta la que te mira.

No mueve los labios, no podés saber de dónde proviene la voz que te dice: “Buen día, mi amor”.

Caminábamos por

Una vez, Diego me había contado lo mucho que le gustaba acostarse en la hamaca paraguaya debajo de uno de los Tilos que había en la quinta de sus amigos, y al contármelo había hecho con los brazos un gesto amplio que describía la grandeza y la forma hueca que tenía ese follaje; al contarlo era un hombre fascinado por ese árbol, por esa tranquilidad. No sé cuanto tiempo después, una mañana ya bastante entrada tras una noche sin dormir, decidimos hacer una excursión delirante, hacia Almagro desde mi departamento en Caballito, en busca de lo que ya se nos había acabado, como siempre pasa (“todo dura nada”, hubiera dicho Quechu). No era un viaje largo, por cierto, pero la idea era hacerlo caminando, porque teníamos energía y tiempo de sobra. Esa era la época en que yo empezaba a reconocer los Tilos. A poco de haber empezado la caminata, a una cuadra de casa vimos, en la calle a la entrada de una casa, un Tilo joven. Como estaba con un experto en la materia, no hice el comentario de rigor (“Mirá qué lindo Tilito”), sino que, con la timidez propia de un discípulo frente a su maestro, dije: “Mirá que lindo arbolito. Es un Tilo, ¿no?”. La respuesta no se hizo esperar: encogiéndose notoriamente de hombros y frunciendo los labios, el maestro dijo. “Y yo qué mierda sé. No tengo idea”. Vagamente, ahora creo recordar que durante las siguientes cuadras mantuvimos una discusión en la cual mi único objetivo era hacerle entender que él sí sabía que ése era un Tilo, pero no sé si conseguí hacerlo (aunque creo que otro día se acordó). Cuando llegamos a destino tuvimos que esperar al puntero y en la espera, además de tomarnos unas cuantas latas, nos dormimos en el umbral de una casa.

Las hojas del tilo son anchas y de un verde transparente, lo que permite que su follaje, que normalmente se ahueca en el centro, de, a la vez, sombra y resplandor. Conozco una persona que le puso Tilo a su hijo; sé que la infusión que se hace con su flor tiene propiedades relajantes; leí un poeta alemán de

Esta es la primera de las fotos que saqué con el celular. Es Lau un lunes en el auto de Guillermo, uno de los tantos días que nos lleva al trabajo. Hacía unos días se había cortado el pelo y le había quedado hermoso. Esto me llamó la atención: yo no quería que se lo cortara e inmediatamente después de hacerlo me resultaba muy sexy, de nuevo con flequillo y con los ojos delineados como cuando nos conocimos, pero más (¡voy a decirlo!) mujer, o, todavía mejor, más (¡esto también voy a decirlo!) mi mujer. Uno de los problemas de la rutina, se me ocurre ahora, es que su natural deterioro tiende a normalizarse con facilidad, de forma que el irremediable descuido se transforma en rutina (lo que podría no estar en su origen) y uno se acostumbra a eso. Y este mínimo cambio tuvo una consecuencia que, por supuesto, no fue despampanante, pero, sí señor, estuvo muy bien: nos calentamos más, cogimos mejor. En la foto Lau tiene el flequillo recogido con horquillas, porque todavía no se acostumbraba a él, a pesar de que yo, que había sido su principal detractor (“el flequillo es para pendejas”), me transformé en su principal aliado (“te queda bárbaro”). Además tiene el gesto algo duro, propio de las mañanas camino al trabajo después de haber salido apurados de casa, pero el gesto siempre se ablanda cuando hago algún chiste boludo, o cuando nos damos un beso al despedirnos.